El Padre Misericordioso
Apreciados
lectores y hermanos. Este cuarto domingo de Cuaresma la meditación del
evangelio del Hijo Pródigo produjo en mí una resonancia particular. Me hizo
sentir profundamente agradecido con Dios por lo bueno que ha sido conmigo.
Desde muy pequeño, este pasaje del evangelio siempre me ha gustado. Sobre todo
porque el hijo, habiendo “hecho de las suyas”, dejándose seducir por los
placeres desenfrenados del mundo logró recapacitar y volvió junto a su padre, de
donde nunca debió haber salido.
No
obstante, aunque este pasaje está identificado con el nombre de “El Hijo Pródigo”,
para señalar la actitud de arrepentimiento del hijo, no obstante, en lo
personal considero que es más aun conmovedora y llamativa la actitud del Padre.
Pensemos por un momento que el padre, de acuerdo a las leyes y costumbres
propias de su tiempo, tenía toda la razón en execrar a este hijo por haberse
convertido en la afrenta de la familia.
Ya
todos conocemos la reacción del padre: recibió a su hijo con misericordia.
Mientras iba de camino, éste venía practicando las excusas que le iba a decir a
papá: he pecado, no merezco ser llamado tu hijo… mientras su papá, al verlo a
lo lejos, echó a correr, lo abrazó, lo besó (aunque no lo dice el texto pero
seguro lloró de alegría y compasión) lo vistió porque andaba en harapos, le
puso las sandalias (sólo andaban descalzos los esclavos, por tanto lo volvió a
hacer un hombre libre). Posteriormente le puso un anillo en su mano para
recordarle su alianza y cuánto lo amaba para que, finalmente, hicieran la
fiesta, la gran celebración por su regreso.
El
padre de esta parábola es imagen de la inmensa misericordia que tiene Dios con
nosotros sus hijos. No son pocas las ocasiones en que, en un acto de rebeldía
nos alejamos de la casa del Padre Dios movidos por nuestra soberbia. Queremos
que se haga nuestra voluntad, dejando de lado el querer de Dios; sucumbimos
ante el peso del pecado.
Afortunadamente,
esta parábola tuvo un final feliz; y en nosotros también Dios quiere darnos un
final feliz. Un final lleno de paz, gracia y bendición. Dios Padre quiere hacer
una fiesta por nosotros. Alguna vez el padre Kafka Pirela, de la Arquidiócesis
de Valencia-Venezuela, me dijo que Jesús es el rostro de la misericordia del
Padre y que, por eso, podemos contemplarlo en la cruz con los brazos abiertos
para abrazarnos y con los pies clavados al madero de la cruz para esperarnos.
Dejémonos
abrazar y reconciliar por el Padre misericordioso. Nunca es tarde. Su amor es
más grande de lo que creemos o imaginamos. Les dejo de meditación la oración de
abandono de San Charles de Foucauld. Pongámonos en manos de Dios:
Padre mío, me abandono a ti.
haz de mí lo que quieras.
lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo
con tal que tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.
haz de mí lo que quieras.
lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo
con tal que tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.

Es muy agradable leer sus artículos padre Hugo. Enseñanzas para el alma.
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