viernes, 29 de abril de 2016

Mi cuerpo es templo del Espíritu.

Queridos herman@s y lectores. Una vez más comparto con ustedes este breve mensaje de reflexión. Hace unos días una muy buena amiga me preguntó acerca de si es moralmente lícito o no someterse a una cirugía estética para verse mejor. Al principio pareciera algo sencillo de responder, pero después me di cuenta que tenía una profundidad espiritual su pregunta. Sería muy prepotente de mi parte querer abarcar este tema en tan pocas líneas. Sin embargo, quiero hacer algunas breves consideraciones.
Lo primero que toca reflexionar es que fuimos creados por Dios (Gen 1, 26) a su imagen y semejanza. Así pues que esa huella de Dios está impresa en nuestra propia constitución humana. De algún modo, la belleza del creador reside en nuestra esencia. Pensemos, por tanto, que los patrones de belleza o fealdad los impone la sociedad. Nuestra naturaleza humana es en sí bella pues fuimos creados por Dios.
En segundo lugar, conviene pensar que el cuerpo humano ha sido elevado a una categoría superior con la Encarnación del Jesucristo. Al Jesús asumir la naturaleza humana ha consagrado nuestra corporeidad o, en términos más sencillos, ha bendecido nuestros cuerpos ya que Él vivió nuestra realidad con un cuerpo como el nuestro, con lo cual elevó la condición de mi corporalidad. Mi cuerpo es sagrado porque Cristo lo consagró con su humanidad-divinidad.

En tercer lugar, el día de nuestro bautismo fuimos hechos hijos de Dios, discípulos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo y miembros de la Iglesia. Razón por la cual mi cuerpo es “casa de Dios”. Por ello ese día nos ungieron con el Santo Crisma. Fuimos verdaderamente consagrados para ser miembros de Cristo: sacerdotes, profetas y reyes.
Ahora bien, teniendo en cuenta lo anterior debemos siempre confrontar la decisión de realizarnos una cirugía estética con sus motivaciones; es decir, ¿Qué me impulsa a hacerlo? Hay diversidad de motivaciones que inducen a una persona a aplicarse una cirugía estética. Así por ejemplo, hay razones médicas que verdaderamente aconsejan la aplicación de estos métodos por circunstancias especiales.
Supongamos que una persona nació con alguna malformación en algún miembro o parte de su cuerpo o tuvo un accidente y requiere una cirugía para mejorar el daño que sufrió por el accidente o alguna enfermedad que haya dejado secuelas serias en alguna parte del cuerpo o alguna otra causa justa. En estos casos no solamente es moralmente adecuado sino además aconsejable la realización de la cirugía estética.
Pero si la motivación es sólo por consentir un impulso de vanidad, si lo que me va a colocar en una sala de cirugía es complacer los modelos o patrones de belleza que exige la sociedad, entonces la historia es otra. La motivación no tendría raíces profundas sino estaría fundada en la superficialidad, en una simple complacencia de un gusto personal.

En definitiva, el problema no es tanto la cirugía estética en sí, sino en las razones o motivaciones que me conducen a someterme a esta práctica. 
Pidamos siempre la luz del Espíritu Santo para actuar siempre conforme al querer de Dios.      
Dios les bendiga.
Fr. Hugo Jiménez. 

martes, 19 de abril de 2016



Os daré pastores según mi corazón. (Jeremías. 3,15)

            Queridos herman@s y lectores. El domingo pasado acabamos de celebrar la solemnidad de Jesucristo, Buen Pastor. Con esto profesamos que Jesús es el único Pastor bueno que da la vida por sus ovejas, las conoce y les da la vida eterna (Juan 10, 27-30). Es por esa razón que nuestra mirada debe estar siempre atenta, centrada en Jesús que conduce a su rebaño a lugares de paz y abundancia.

            Al mismo tiempo, es Jesús que, por proveer a su rebaño de los cuidados espirituales necesarios invita a algunos hombres de entre el pueblo de Dios para PARTICIPAR de su único pastoreo. Es ahí donde comprendemos el misterio del ministerio sacerdotal. Los obispos, sacerdotes y diáconos son, en efecto, verdaderos pastores del pueblo de Dios. No son dueños del rebaño, son encargados de cuidar y velar por el rebaño del único Buen Pastor: Cristo Jesús, de acuerdo a solicitud de Él mismo. Recordemos ese hermoso diálogo entre Jesús y Pedro: ¿Pedro me amas más que éstos? Le respondió, sí, Señor. Tú sabes que te amo. Él le dijo: apacienta mis corderos.  (Juan 21, 15-19)


            En ese sentido, la Iglesia ha asumido esta solemnidad para realizar en el marco de la jornada de oración por las vocaciones, la súplica por las vocaciones sacerdotales. Ciertamente debemos entender a nuestros sacerdotes desde el espíritu que nos revela la carta a los Hebreos en el capítulo 5: “Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios”

            Así pues, no pensemos en el sacerdote como si fuese una suerte de semidiós o un ser angelical incorporal. Los sacerdotes son de carne, hueso y sangre. Se alegran, ríen, lloran, sienten como todos los demás. Es por eso que es tan importante el que la comunidad se haga solidaria con la oración por la fidelidad de sus pastores.
            Por otra parte, no olvidemos esa frase del profeta Jeremías con la que titulé este artículo: “Os daré pastores según mi corazón”. A veces en la comunidad quisiéramos que el sacerdote se ajuste a mis requerimientos. Queremos que el sacerdote tenga tal o cual personalidad o cualidad. Dios nos provee pastores según su querer. Seamos agradecidos.

            Finalmente, profundicemos nuestra oración para pedir por los jóvenes que se forman en nuestros seminarios. Los futuros pastores. Es ahí el semillero donde germinan las vocaciones al sacerdocio. Seamos atentos con los seminaristas. Ellos están ofreciendo sus vidas por servir a Dios y a nosotros. Oremos por ellos y además seamos solidarios con las necesidades del seminario.
            Que en este Año de la Misericordia el Señor nos regale santos pastores que nos conduzcan a Dios. Les dejo esta oración hermosa por las vocaciones sacerdotales que escribió un santo obispo:

Señor Jesús, que te hiciste en
el pesebre nuestro Hermano, en la
Cruz nuestra Victima y en la Cena
nuestro Pan, para ser en la Gloria
nuestra Corona; a pesar de tenerte
tanto tiempo entre nosotros, todavía
no te conocemos.

Enséñanos a amarte para que
aprendamos a conocerte, porque
conocerte y amarte es la primera
razón de nuestras vidas.

Enseña esta lección a todos
nuestros hombres, mujeres y
niños. Llama al sacerdocio desde
tu Eucaristía a muchos de nuestros
hijos y hermanos para que sean
ministros de tu Palabra, de tu Perdón
y de tu Cuerpo Sacramento, y así
no nos faltará el Sagrario donde Tú
velas de día y de noche, a fin de que
seamos felices en la vida y eternamente
felices en tu Gloria.
Amén.

martes, 12 de abril de 2016

Obedecer a Dios antes que a los hombres
(Hechos 5, 29)

          Apreciados lectores. El tercer domingo de Pascua nos ha regalado en la primera lectura de la liturgia de la Palabra una frase impactante, contundente y, por qué no decirlo, "cuestionadora". Nos ha dicho el libro de los Hechos de los Apóstoles que: “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Para mí esta frase resulta retadora.
          Digo que es “retadora” porque de un modo directo nos cuestiona acerca del “tipo de cristianismo” que estamos viviendo. Nos reta a confrontar nuestras acciones con respecto al querer de Dios.
          A veces nos acostumbramos a un “cristianismo light”, en el cual no quiero ningún compromiso. Ese tipo de cristianismo en el cual nos gustan muchas cosas “religiosas” pero pocas o nada que tenga que ver con la obediencia en la fe. Algunos quisieran un cristianismo de “misas acumuladas” pero nada de testimonio cristiano porque eso me compromete y me exige llevar la cruz. Esto me hace acordar una secta protestante que se hizo presente especialmente en América Latina que tiene por slogan “pare de sufrir”. Muchos quisieran un cristianismo dulce como la miel (como dice una canción), pero nada que implique una dosis de esfuerzo, sacrificio o sufrimiento redentor.

          El obedecer a Dios antes que a los hombres tiene mucho que ver con esto que venimos hablando. Colocar a Dios antes que todo lo demás quizás, en ocasiones, nos colocará como piedra de choque o escándalo en la sociedad (entendamos por sociedad familia, trabajo, amistades, hijos, esposa/o,). Una sociedad que vive de espaldas a Dios, sumergida en el pecado de la indiferencia religiosa.
          Nosotros debemos ser signo de contradicción en el mundo por nuestra obediencia fiel a Dios. Jesús mismo es signo de contradicción (lee el evangelio de Juan 3, 14-21). Hermanos esforcémonos por responder a Dios, cada uno de acuerdo a la vocación a la que ha sido llamado. Solo buscando a Dios podremos ser verdaderamente felices. Hacer la voluntad del mundo nos conduce a cosechar frutos de este mundo: vanidad, odios, rivalidades, egoísmos, materialismo inerte que se acaba con la muerte.
          En cambio, hacer la voluntad de Dios nos pondrá a producir frutos del Reino de Dios. Busquemos por tanto, el reino de Dios y su justicia y lo demás se nos dará por añadidura. (Mateo 6, 33)

Dios les bendiga.
Fr. Hugo Jiménez.

"¡Oh, virtud de la obediencia, que todo lo puedes!" Santa teresa de Jesús. 

lunes, 4 de abril de 2016



Es eterna su misericordia.

Queridos herman@s y lectores. Celebramos el domingo de La Divina Misericordia. Verdaderamente resulta llamativo que esta fiesta esté enmarcada en el tiempo Pascual. Y es que es precisamente en este tiempo en que, de manera contundente, podemos contemplar el rostro de misericordia de Dios.
La resurrección se convierte para nosotros en manantial inagotable de la infinita misericordia del Padre; ya que, por medio de la resurrección de Cristo nos ha sido concedida la posibilidad de alcanzar la gracia de la salvación.
Ahora bien, el Evangelio de este domingo nos narra una de las apariciones del Resucitado a sus discípulos en las que, después del deseo profuso de paz, les entrega el don del Espíritu Santo y la misión: “A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados y a los no que no se los perdonen les quedarán sin perdonar” (Jn 20)

El Señor ha confiado a sus discípulos una de las misiones más maravillosas y, al mismo tiempo, menos comprendida: el perdón de los pecados. Ciertamente Dios no quiere la condenación de ninguno de sus hijos; por el contrario, el plan de Dios es que todos alcancemos la vida eterna. Pues bien, para ello nos ha dejado el sacramento de la confesión; mediante el cual, cuando acudimos con la disposición necesaria todos nuestros pecados son perdonados; sí, leíste bien: TODOS.
En la revelación privada que tuvo santa Faustina Kowalska en la cual Cristo le pide que transmita su mensaje de misericordia y que propague la devoción a la Divina Misericordia, Cristo mismo le reveló que en el sacramento de la Confesión estamos ante el “Tribunal de misericordia”. Y verdaderamente que es un tribunal, pero no de acuerdo al mundo sino de acuerdo al corazón de Dios. La confesión es el único tribunal en donde entra un culpable y sale un inocente.
Por los méritos de la pasión, muerte y resurrección de Cristo nuestros pecados son lavados en el manantial de la Gracia. De ahí la importancia que todos nosotros acudamos sin demora a la confesión. No debe darnos pena, ni mucho menos pereza. Es Cristo mismo quien, en la persona del sacerdote, te absuelve todas tus culpas.
No obstante, es bueno recordar los cinco (5) pasos para hacer una buena confesión:

Examen de conciencia: es el momento en el que, con calma, orando a Dios, confronto mi vida con la ley de Dios, los mandamientos. El examen de conciencia debe hacerse ANTES de entrar al confesionario.
Arrepentimiento de mis pecados: hay dos tipos de arrepentimientos. El primero por CONTRICCIÓN. Es decir, cuando nos duele haber ofendido a Dios con nuestras malas acciones. El otro es por ATRICCIÓN. Es cuando temo morir en pecado; es decir, por temor a la condenación. El modo más perfecto es por contrición porque es movido por el amor a Dios.
Propósito de enmienda: Este paso es tan necesario como los anteriores. Se refiere al firme propósito que debo hacer para: reparar el daño en la medida de lo posible y, segundo, el firme propósito de no volver a cometer ese pecado.
Decir los pecados al confesor: en este cuarto paso es importante que expreses el pecado cometido. Yo siempre recomiendo que quien se va a confesar escriba sus pecados en una hoja para que no se le olvide ninguno (esa hoja después debe ser desecha). No escondas ningún pecado ya que eso haría inválida la confesión. El sacerdote no se va a escandalizar de tus pecados. Está en el confesionario para actuar como ministro de la misericordia de Dios; escucha atentamente la breve recomendación del sacerdote.
Recibe la absolución de tus pecados y cumple la penitencia: en esas bellas palabras fluye el manantial de gracia y misericordia de Dios: “Dios Padre misericordioso que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados te conceda, por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz. Yo te absuelvo de todos tus pecados en el nombre del Padre + y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Escucha con espíritu de oración y con mucha fe las palabras de la oración de absolución y luego ve a cumplir la penitencia impuesta por el sacerdote. Si sigues estos cinco pasos tendrás una confesión llena de frutos espirituales, te sentirás renovado en cuerpo y alma y, lo más grande, podrás tener un verdadero encuentro con la Divina Misericordia.

Feliz día de la Divina Misericordia.


Fr. Hugo JIménez