Mi cuerpo es templo del Espíritu.
Queridos herman@s y lectores. Una vez más comparto con
ustedes este breve mensaje de reflexión. Hace unos días una muy buena amiga me
preguntó acerca de si es moralmente lícito o no someterse a una cirugía
estética para verse mejor. Al principio pareciera algo sencillo de responder,
pero después me di cuenta que tenía una profundidad espiritual su pregunta.
Sería muy prepotente de mi parte querer abarcar este tema en tan pocas líneas.
Sin embargo, quiero hacer algunas breves consideraciones.
Lo primero que toca reflexionar es que fuimos creados
por Dios (Gen 1, 26) a su imagen y semejanza. Así pues que esa huella de Dios
está impresa en nuestra propia constitución humana. De algún modo, la belleza
del creador reside en nuestra esencia. Pensemos, por tanto, que los patrones de
belleza o fealdad los impone la sociedad. Nuestra naturaleza humana es en sí
bella pues fuimos creados por Dios.
En segundo lugar, conviene pensar que el cuerpo humano
ha sido elevado a una categoría superior con la Encarnación del Jesucristo. Al
Jesús asumir la naturaleza humana ha consagrado nuestra corporeidad o, en
términos más sencillos, ha bendecido nuestros cuerpos ya que Él vivió nuestra
realidad con un cuerpo como el nuestro, con lo cual elevó la condición de mi corporalidad.
Mi cuerpo es sagrado porque Cristo lo consagró con su humanidad-divinidad.
En tercer lugar, el día de nuestro bautismo fuimos
hechos hijos de Dios, discípulos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo y
miembros de la Iglesia. Razón por la cual mi cuerpo es “casa de Dios”. Por ello
ese día nos ungieron con el Santo Crisma. Fuimos verdaderamente consagrados
para ser miembros de Cristo: sacerdotes, profetas y reyes.
Ahora bien, teniendo en cuenta lo anterior debemos
siempre confrontar la decisión de realizarnos una cirugía estética con sus
motivaciones; es decir, ¿Qué me impulsa a hacerlo? Hay diversidad de
motivaciones que inducen a una persona a aplicarse una cirugía estética. Así
por ejemplo, hay razones médicas que verdaderamente aconsejan la aplicación de
estos métodos por circunstancias especiales.
Supongamos que una persona nació con alguna
malformación en algún miembro o parte de su cuerpo o tuvo un accidente y
requiere una cirugía para mejorar el daño que sufrió por el accidente o alguna
enfermedad que haya dejado secuelas serias en alguna parte del cuerpo o alguna otra causa justa. En estos
casos no solamente es moralmente adecuado sino además aconsejable la
realización de la cirugía estética.
Pero si la motivación es sólo por consentir un impulso
de vanidad, si lo que me va a colocar en una sala de cirugía es complacer los
modelos o patrones de belleza que exige la sociedad, entonces la historia es
otra. La motivación no tendría raíces profundas sino estaría fundada en la
superficialidad, en una simple complacencia de un gusto personal.
En definitiva, el problema no es tanto la cirugía
estética en sí, sino en las razones o motivaciones que me conducen a someterme
a esta práctica.
Pidamos siempre la luz del Espíritu Santo para actuar siempre
conforme al querer de Dios.
Dios les bendiga.
Fr. Hugo Jiménez.





