martes, 19 de abril de 2016



Os daré pastores según mi corazón. (Jeremías. 3,15)

            Queridos herman@s y lectores. El domingo pasado acabamos de celebrar la solemnidad de Jesucristo, Buen Pastor. Con esto profesamos que Jesús es el único Pastor bueno que da la vida por sus ovejas, las conoce y les da la vida eterna (Juan 10, 27-30). Es por esa razón que nuestra mirada debe estar siempre atenta, centrada en Jesús que conduce a su rebaño a lugares de paz y abundancia.

            Al mismo tiempo, es Jesús que, por proveer a su rebaño de los cuidados espirituales necesarios invita a algunos hombres de entre el pueblo de Dios para PARTICIPAR de su único pastoreo. Es ahí donde comprendemos el misterio del ministerio sacerdotal. Los obispos, sacerdotes y diáconos son, en efecto, verdaderos pastores del pueblo de Dios. No son dueños del rebaño, son encargados de cuidar y velar por el rebaño del único Buen Pastor: Cristo Jesús, de acuerdo a solicitud de Él mismo. Recordemos ese hermoso diálogo entre Jesús y Pedro: ¿Pedro me amas más que éstos? Le respondió, sí, Señor. Tú sabes que te amo. Él le dijo: apacienta mis corderos.  (Juan 21, 15-19)


            En ese sentido, la Iglesia ha asumido esta solemnidad para realizar en el marco de la jornada de oración por las vocaciones, la súplica por las vocaciones sacerdotales. Ciertamente debemos entender a nuestros sacerdotes desde el espíritu que nos revela la carta a los Hebreos en el capítulo 5: “Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios”

            Así pues, no pensemos en el sacerdote como si fuese una suerte de semidiós o un ser angelical incorporal. Los sacerdotes son de carne, hueso y sangre. Se alegran, ríen, lloran, sienten como todos los demás. Es por eso que es tan importante el que la comunidad se haga solidaria con la oración por la fidelidad de sus pastores.
            Por otra parte, no olvidemos esa frase del profeta Jeremías con la que titulé este artículo: “Os daré pastores según mi corazón”. A veces en la comunidad quisiéramos que el sacerdote se ajuste a mis requerimientos. Queremos que el sacerdote tenga tal o cual personalidad o cualidad. Dios nos provee pastores según su querer. Seamos agradecidos.

            Finalmente, profundicemos nuestra oración para pedir por los jóvenes que se forman en nuestros seminarios. Los futuros pastores. Es ahí el semillero donde germinan las vocaciones al sacerdocio. Seamos atentos con los seminaristas. Ellos están ofreciendo sus vidas por servir a Dios y a nosotros. Oremos por ellos y además seamos solidarios con las necesidades del seminario.
            Que en este Año de la Misericordia el Señor nos regale santos pastores que nos conduzcan a Dios. Les dejo esta oración hermosa por las vocaciones sacerdotales que escribió un santo obispo:

Señor Jesús, que te hiciste en
el pesebre nuestro Hermano, en la
Cruz nuestra Victima y en la Cena
nuestro Pan, para ser en la Gloria
nuestra Corona; a pesar de tenerte
tanto tiempo entre nosotros, todavía
no te conocemos.

Enséñanos a amarte para que
aprendamos a conocerte, porque
conocerte y amarte es la primera
razón de nuestras vidas.

Enseña esta lección a todos
nuestros hombres, mujeres y
niños. Llama al sacerdocio desde
tu Eucaristía a muchos de nuestros
hijos y hermanos para que sean
ministros de tu Palabra, de tu Perdón
y de tu Cuerpo Sacramento, y así
no nos faltará el Sagrario donde Tú
velas de día y de noche, a fin de que
seamos felices en la vida y eternamente
felices en tu Gloria.
Amén.

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