Os daré pastores según mi corazón. (Jeremías. 3,15)
Queridos
herman@s y lectores. El domingo pasado acabamos de celebrar la solemnidad de
Jesucristo, Buen Pastor. Con esto profesamos que Jesús es el único Pastor bueno
que da la vida por sus ovejas, las conoce y les da la vida eterna (Juan 10,
27-30). Es por esa razón que nuestra mirada debe estar siempre atenta, centrada
en Jesús que conduce a su rebaño a lugares de paz y abundancia.
Al mismo
tiempo, es Jesús que, por proveer a su rebaño de los cuidados espirituales necesarios
invita a algunos hombres de entre el pueblo de Dios para PARTICIPAR de su único
pastoreo. Es ahí donde comprendemos el misterio del ministerio sacerdotal. Los
obispos, sacerdotes y diáconos son, en efecto, verdaderos pastores del pueblo
de Dios. No son dueños del rebaño, son encargados de cuidar y velar por el
rebaño del único Buen Pastor: Cristo Jesús, de acuerdo a solicitud de Él mismo.
Recordemos ese hermoso diálogo entre Jesús y Pedro: ¿Pedro me amas más que
éstos? Le respondió, sí, Señor. Tú sabes que te amo. Él le dijo: apacienta mis
corderos. (Juan 21, 15-19)
En ese
sentido, la Iglesia ha asumido esta solemnidad para realizar en el marco de la
jornada de oración por las vocaciones, la súplica por las vocaciones sacerdotales.
Ciertamente debemos entender a nuestros sacerdotes desde el espíritu que nos
revela la carta a los Hebreos en el capítulo 5: “Porque todo
Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los
hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los
pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar
también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer
por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal
dignidad, sino el llamado por Dios”
Así pues,
no pensemos en el sacerdote como si fuese una suerte de semidiós o un ser
angelical incorporal. Los sacerdotes
son de carne, hueso y sangre. Se alegran, ríen, lloran, sienten como todos los
demás. Es por eso que es tan importante el que la comunidad se haga solidaria
con la oración por la fidelidad de sus pastores.
Por otra
parte, no olvidemos esa frase del profeta Jeremías con la que titulé este
artículo: “Os daré pastores según mi corazón”. A veces en la comunidad
quisiéramos que el sacerdote se ajuste a mis requerimientos. Queremos que el
sacerdote tenga tal o cual personalidad o cualidad. Dios nos provee pastores
según su querer. Seamos agradecidos.
Finalmente,
profundicemos nuestra oración para pedir por los jóvenes que se forman en
nuestros seminarios. Los futuros pastores. Es ahí el semillero donde germinan las vocaciones al sacerdocio. Seamos atentos
con los seminaristas. Ellos están ofreciendo sus vidas por servir a Dios y a
nosotros. Oremos por ellos y además seamos solidarios con las necesidades del
seminario.
Que en
este Año de la Misericordia el Señor nos regale santos pastores que nos
conduzcan a Dios. Les dejo esta oración hermosa por las vocaciones sacerdotales
que escribió un santo obispo:
Señor Jesús, que te
hiciste en
el pesebre nuestro
Hermano, en la
Cruz nuestra Victima
y en la Cena
nuestro Pan, para ser
en la Gloria
nuestra Corona; a
pesar de tenerte
tanto tiempo entre
nosotros, todavía
no te conocemos.
Enséñanos a amarte
para que
aprendamos a
conocerte, porque
conocerte y amarte es
la primera
razón de nuestras
vidas.
Enseña esta lección a
todos
nuestros hombres,
mujeres y
niños. Llama al
sacerdocio desde
tu Eucaristía a
muchos de nuestros
hijos y hermanos para
que sean
ministros de tu
Palabra, de tu Perdón
y de tu Cuerpo
Sacramento, y así
no nos faltará el
Sagrario donde Tú
velas de día y de
noche, a fin de que
seamos felices en la
vida y eternamente
felices en tu Gloria.
Amén.


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