lunes, 4 de abril de 2016



Es eterna su misericordia.

Queridos herman@s y lectores. Celebramos el domingo de La Divina Misericordia. Verdaderamente resulta llamativo que esta fiesta esté enmarcada en el tiempo Pascual. Y es que es precisamente en este tiempo en que, de manera contundente, podemos contemplar el rostro de misericordia de Dios.
La resurrección se convierte para nosotros en manantial inagotable de la infinita misericordia del Padre; ya que, por medio de la resurrección de Cristo nos ha sido concedida la posibilidad de alcanzar la gracia de la salvación.
Ahora bien, el Evangelio de este domingo nos narra una de las apariciones del Resucitado a sus discípulos en las que, después del deseo profuso de paz, les entrega el don del Espíritu Santo y la misión: “A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados y a los no que no se los perdonen les quedarán sin perdonar” (Jn 20)

El Señor ha confiado a sus discípulos una de las misiones más maravillosas y, al mismo tiempo, menos comprendida: el perdón de los pecados. Ciertamente Dios no quiere la condenación de ninguno de sus hijos; por el contrario, el plan de Dios es que todos alcancemos la vida eterna. Pues bien, para ello nos ha dejado el sacramento de la confesión; mediante el cual, cuando acudimos con la disposición necesaria todos nuestros pecados son perdonados; sí, leíste bien: TODOS.
En la revelación privada que tuvo santa Faustina Kowalska en la cual Cristo le pide que transmita su mensaje de misericordia y que propague la devoción a la Divina Misericordia, Cristo mismo le reveló que en el sacramento de la Confesión estamos ante el “Tribunal de misericordia”. Y verdaderamente que es un tribunal, pero no de acuerdo al mundo sino de acuerdo al corazón de Dios. La confesión es el único tribunal en donde entra un culpable y sale un inocente.
Por los méritos de la pasión, muerte y resurrección de Cristo nuestros pecados son lavados en el manantial de la Gracia. De ahí la importancia que todos nosotros acudamos sin demora a la confesión. No debe darnos pena, ni mucho menos pereza. Es Cristo mismo quien, en la persona del sacerdote, te absuelve todas tus culpas.
No obstante, es bueno recordar los cinco (5) pasos para hacer una buena confesión:

Examen de conciencia: es el momento en el que, con calma, orando a Dios, confronto mi vida con la ley de Dios, los mandamientos. El examen de conciencia debe hacerse ANTES de entrar al confesionario.
Arrepentimiento de mis pecados: hay dos tipos de arrepentimientos. El primero por CONTRICCIÓN. Es decir, cuando nos duele haber ofendido a Dios con nuestras malas acciones. El otro es por ATRICCIÓN. Es cuando temo morir en pecado; es decir, por temor a la condenación. El modo más perfecto es por contrición porque es movido por el amor a Dios.
Propósito de enmienda: Este paso es tan necesario como los anteriores. Se refiere al firme propósito que debo hacer para: reparar el daño en la medida de lo posible y, segundo, el firme propósito de no volver a cometer ese pecado.
Decir los pecados al confesor: en este cuarto paso es importante que expreses el pecado cometido. Yo siempre recomiendo que quien se va a confesar escriba sus pecados en una hoja para que no se le olvide ninguno (esa hoja después debe ser desecha). No escondas ningún pecado ya que eso haría inválida la confesión. El sacerdote no se va a escandalizar de tus pecados. Está en el confesionario para actuar como ministro de la misericordia de Dios; escucha atentamente la breve recomendación del sacerdote.
Recibe la absolución de tus pecados y cumple la penitencia: en esas bellas palabras fluye el manantial de gracia y misericordia de Dios: “Dios Padre misericordioso que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados te conceda, por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz. Yo te absuelvo de todos tus pecados en el nombre del Padre + y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Escucha con espíritu de oración y con mucha fe las palabras de la oración de absolución y luego ve a cumplir la penitencia impuesta por el sacerdote. Si sigues estos cinco pasos tendrás una confesión llena de frutos espirituales, te sentirás renovado en cuerpo y alma y, lo más grande, podrás tener un verdadero encuentro con la Divina Misericordia.

Feliz día de la Divina Misericordia.


Fr. Hugo JIménez








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