Es eterna su misericordia.
Queridos herman@s y lectores. Celebramos el domingo de
La Divina Misericordia. Verdaderamente resulta llamativo que esta fiesta esté
enmarcada en el tiempo Pascual. Y es que es precisamente en este tiempo en que,
de manera contundente, podemos contemplar el rostro de misericordia de Dios.
La resurrección se convierte para nosotros en
manantial inagotable de la infinita misericordia del Padre; ya que, por medio
de la resurrección de Cristo nos ha sido concedida la posibilidad de alcanzar
la gracia de la salvación.
Ahora bien, el Evangelio de este domingo nos narra una
de las apariciones del Resucitado a sus discípulos en las que, después del
deseo profuso de paz, les entrega el don del Espíritu Santo y la misión: “A
quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados y a los no que no se
los perdonen les quedarán sin perdonar” (Jn 20)
El Señor ha confiado a sus discípulos una de las
misiones más maravillosas y, al mismo tiempo, menos comprendida: el perdón de
los pecados. Ciertamente Dios no quiere la condenación de ninguno de sus hijos;
por el contrario, el plan de Dios es que todos alcancemos la vida eterna. Pues
bien, para ello nos ha dejado el sacramento de la confesión; mediante el cual,
cuando acudimos con la disposición necesaria todos nuestros pecados son
perdonados; sí, leíste bien: TODOS.
En la revelación privada que tuvo santa Faustina Kowalska
en la cual Cristo le pide que transmita su mensaje de misericordia y que
propague la devoción a la Divina Misericordia, Cristo mismo le reveló que en el
sacramento de la Confesión estamos ante el “Tribunal de misericordia”. Y
verdaderamente que es un tribunal, pero no de acuerdo al mundo sino de acuerdo
al corazón de Dios. La confesión es el único tribunal en donde entra un
culpable y sale un inocente.
Por los méritos de la pasión, muerte y resurrección de
Cristo nuestros pecados son lavados en el manantial de la Gracia. De ahí la
importancia que todos nosotros acudamos sin demora a la confesión. No debe
darnos pena, ni mucho menos pereza. Es Cristo mismo quien, en la persona del
sacerdote, te absuelve todas tus culpas.
No obstante, es bueno recordar los cinco (5) pasos
para hacer una buena confesión:
Examen de conciencia: es el momento en el que, con calma, orando a Dios,
confronto mi vida con la ley de Dios, los mandamientos. El examen de conciencia
debe hacerse ANTES de entrar al confesionario.
Arrepentimiento de mis pecados: hay dos tipos de arrepentimientos. El primero por
CONTRICCIÓN. Es decir, cuando nos duele haber ofendido a Dios con nuestras
malas acciones. El otro es por ATRICCIÓN. Es cuando temo morir en pecado; es
decir, por temor a la condenación. El modo más perfecto es por contrición
porque es movido por el amor a Dios.
Propósito de enmienda: Este paso es tan necesario como los anteriores. Se
refiere al firme propósito que debo hacer para: reparar el daño en la medida de
lo posible y, segundo, el firme propósito de no volver a cometer ese pecado.
Decir los pecados al confesor: en este cuarto paso es importante que expreses el
pecado cometido. Yo siempre recomiendo que quien se va a confesar escriba sus
pecados en una hoja para que no se le olvide ninguno (esa hoja después debe ser
desecha). No escondas ningún pecado ya que eso haría inválida la confesión. El
sacerdote no se va a escandalizar de tus pecados. Está en el confesionario para
actuar como ministro de la misericordia de Dios; escucha atentamente la breve
recomendación del sacerdote.
Recibe la absolución de tus pecados y cumple
la penitencia: en
esas bellas palabras fluye el manantial de gracia y misericordia de Dios: “Dios
Padre misericordioso que reconcilió consigo al mundo por la muerte y
resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los
pecados te conceda, por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz. Yo te
absuelvo de todos tus pecados en el nombre del Padre + y del Hijo y del
Espíritu Santo. Amén.
Escucha con espíritu de oración y con mucha fe las
palabras de la oración de absolución y luego ve a cumplir la penitencia
impuesta por el sacerdote. Si sigues estos cinco pasos tendrás una confesión
llena de frutos espirituales, te sentirás renovado en cuerpo y alma y, lo más
grande, podrás tener un verdadero encuentro con la Divina Misericordia.
Feliz día de la Divina Misericordia.
Fr. Hugo JIménez


Amén. Gracias Padre muy hermosa explicación.
ResponderEliminarAmén. Gracias Padre muy hermosa explicación.
ResponderEliminarDios te bendiga Olga
ResponderEliminarY es por su Divina Misericordia que seguimos aquí. Dios le acompañe Padre.
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