martes, 31 de enero de 2017

Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo


            
Queridos hermanos. De nuevo agradecido con Dios por poder compartir la fe con ustedes. Les cuento esta breve experiencia que tuve hace unos días. En mi parroquia estábamos con muchas actividades: pintura, limpieza, remodelación de algunas áreas y al finalizar la tarde, por supuesto, la Santa Misa.
            Entre tantas cosas se nos hizo de noche y le pedí a un joven de los que me acompañaba que me ayudara a cerrar la Iglesia y que apagara las luces. El joven fue muy animoso a cerrar el templo pero luego, una vez había cerrado todo notó que al apagar las luces debía recorrer una parte del templo a oscuras para llegar a la salida. Apagó las luces, caminó muy a prisa y tropezó con una banca y cayó sobre ella. Cuando le pregunté ¿por qué ibas de prisa si sabías que estaba oscuro? me dijo: padre, es que tenía miedo…
            Lo que le pasó a este joven también nos pasa a todos. Cuando tenemos la experiencia de la oscuridad también nos atemorizamos. La oscuridad es sinónimo de no ver bien. La oscuridad no permite que distingamos con claridad una cosa de otra y, por eso, nos produce una sensación de inseguridad.

            Desde la fe, estamos convocados para salir de la peor de las oscuridades: el pecado. Esa misma experiencia que tuvo el joven de sentir temor, titubear, tropezar y caer es lo que nos sucede en la oscuridad espiritual. Cuando no vivimos en Gracia de Dios entonces nos mostramos inquietos con desasosiego, heridos en el alma.
            En esta fiesta de la Presentación del Señor (o día de La Candelaria) debemos recordar que Cristo es la luz para todas las naciones y gloria del pueblo (Lucas 2, 22-40). El es la luz la cual nos debe iluminar. Sólo Él es capaz de disipar toda tiniebla y frialdad de nuestra vida. Al reconciliarnos con Dios nos hacemos partícipes de su luz.
            Hay muchos hermanos nuestros que viven bajo el peso de la sombría noche del pecado y esperan que nosotros seamos instrumentos dóciles para llevarles un poco de esa luz del Evangelio. Pero también hay otros que viven bajo el peso de la oscuridad de la opresión, del desempleo, del hambre, de la enfermedad y, al igual, esperan de nosotros luz (SOLIDARIDAD) una mano extendida en medio del sufrimiento.
            Que como nos enseña la Iglesia en la Lumen Gentium cada uno de nosotros nos dejemos iluminar por Cristo, nos llenemos de su Gracia y seamos evangelizadores y testigos de la misericordia de Dios.
            Seamos hijos de la luz, nunca de las tinieblas. Dios les bendiga y María les proteja.


P. Hugo Jiménez.
padrehjimenez@gmail.com

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